El tiempo y la eternidad

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El tiempo y la eternidad

Mensaje por 2016055014 el Vie Jul 01, 2016 5:54 am

De la experiencia del tiempo -experiencia dolorosa de un tránsito fugaz que se lleva la vida poco a poco nace la aspiración por la eternidad. Pero este deseo, ¿no será algo ilusorio, una compensación? No, porque como escribe Hervé Pasqua, «el tiempo no puede ser concebido sin la eternidad». Existe un presente necesario que, aun no siendo el tiempo, está en el corazón del tiempo; un presente eterno al que hemos de unir continuamente nuestro presente temporal y que «confiere a la banalidad de lo cotidiano la densidad de lo sagrado».

«El libro de la vida es el libro supremo / que no se puede cerrar o volver a abrir a elección / el pasaje interesante no se puede leer dos veces / pero la hoja fatídica se pasa sola: / se quisiera volver a la página en que se ama / y la página de la muerte está ya bajo nuestros dedos».

La huida del tiempo ha sido cantada por todos los poetas. Cuando el filósofo detiene en ella su atención, se asombra ante el paso incesante de todas las cosas. Todo pasa..., y por ello la pregunta se dirige a su existencia, aquí y ahora, ante la inquietud y angustia de la nada, de donde todo viene y a donde todo parece ir. El paso del tiempo engendra la tristeza, porque, con él, la vida se acaba poco a poco; el tiempo nos aparece como una prisión que desemboca en la muerte. Preguntarse por el tiempo es preguntarse por la existencia: ¿por qué hay seres que existen? La palabra «existente» expresa bien esta síntesis de tiempo y ser de la que estamos hechos. Esta palabra, que expresa lo que es, no es -anotémoslo- sino el participio presente sustantivado del verbo ser.

¿Pero, el ser se reduce al tiempo? Si esto fuera así, el ser mismo estaría desprovisto de valor al estar destinado a la desaparición. El ser-tiempo es, ya no y todavía no, un no ser. Realidad corriente y misteriosa a la vez. ¿Qué es el tiempo? «Si nadie me lo pregunta, lo sé; si deseo explicarlo a quien me lo pregunta, ya no lo sé», aseguraba San Agustín.

La aceptación del tiempo es una conquista difícil. Estamos naturalmente aterrorizados por la irreversibilidad de nuestro propia duración, por la perspectiva de nuestra personal corrupción futura: por eso nos gustaría detener el curso del tiempo. En otras palabras: no podemos experimentar el tiempo sin aspirar inmediatamente a lo eterno. Pero, ¿en qué se funda esta aspiración? ¿Basta el tiempo para afirmar la eternidad? ¿No sería ésta, entonces, el fruto ilusorio de nuestro rechazo del tiempo? Cuestión grave, porque si no existiera la eternidad, ¿en qué se fundaría nuestra aspiración? ¿Puede exigir la adhesión y justificar el martirio un ideal destinado a desaparecer?

Para evitar la ilusión, es necesario partir de datos, es decir, de la experiencia común que todos tenemos del tiempo. Vivimos en el tiempo, y a partir de él nos interrogamos sobre lo eterno. Pero si ambos se reparten la totalidad de lo real, ¿dónde encontrar la eternidad?, ¿al final del tiempo o en el tiempo? ¿La eternidad, no debe estar fuera del tiempo? Si se quiere solucionar el problema de la existencia temporal, se presentan todas estas cuestiones.

2016055014

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Re: El tiempo y la eternidad

Mensaje por 2016055014 el Vie Jul 01, 2016 5:54 am

La realidad del tiempo

«El presente y el pasado están por los suelos. ¡He aquí, mis queridos amigos, lo más insoportable para mí! ». ¿Quién no sentiría esta amargura de Zaratustra, abrumado por la evidencia del paso incesante de las cosas y concluyendo de ahí que el tiempo es toda la realidad, la única realidad que nos devora? El tiempo es lo que divide y disipa la existencia; lo que consiste en su propia fuga; un río que conduce hacia un mar de nada.

¿Y si todo fuera apariencia? Si el tiempo fuera un mal sueño donde la identidad se disipa; una distracción del alma, como pensaba Plotino, por la que la unidad se dispersa... En cualquier caso tendríamos que explicar esta apariencia, porque lo temporal cambiante acaba aflorando como algo irreductible: no se puede negar el tiempo.

Nuestra idea del tiempo nace de la observación del movimiento. La realidad no es simultánea, no es un conjunto estático que podamos explicar como una combinación de leyes que tuviera su sede en un pensamiento intemporal, porque para aplicar las leyes hay que apelar a la experiencia, que es temporal; la intemporalidad del pensamiento, suponiendo que exista, no podría negar la sucesión de lo cambiante. Así, la sucesión no es una realidad dada, sino una realidad que se hace, una sucesión de acontecimientos que no podría desarrollarse sin la conexión entre unos y otros, puesto que no es posible el salto de un instante a otro como si se tratase de dos realidades separadas. Todos tenemos la experiencia de este vínculo necesario que asegura nuestra continuidad. «Los días se van, yo me quedo», dice el poeta. La experiencia del tiempo es ambigua; sin la continuidad, el tiempo sería un perpetuo desvanecimiento de la vida que transcurre en él, y sin el transcurso no tendríamos sentido alguno de nuestra duración.

El tiempo existe porque existe el cambio. Aristóteles lo definía como la medida de lo que cambia. ¿Pero el tiempo reside en lo que transcurre -en el movimiento de la cosa que cambia- o en el sujeto que lo mide? En cuanto a su forma de existencia, el tiempo no es una realidad independiente; está ligado por una parte a la inteligencia, dotada de una memoria que numera las etapas de la sucesión, y por otra es inseparable de la existencia del cambio. Kant quiso resolver esta paradoja haciendo del tiempo una forma a priori de la sensibilidad. A sus ojos, el tiempo depende por completo del espíritu, que capta las cosas, necesariamente, según el tiempo. «Se puede concebir un tiempo sin objeto, declara, pero no un objeto sin tiempo». Hegel perseguirá esta integración del tiempo en el espíritu, por medio de la dialéctica. Los tres momentos -tesis, antítesis, síntesis constituyen toda la realidad según un proceso que es la historia del Espíritu aprehendiéndose a través de sus obras. «Todo lo real es racional y todo lo racional es real». Esta fórmula significa que el tiempo no se induce de lo real, sino que es lo que permite deducir, a priori, todo lo que es. El tiempo se confunde con la vida del Espíritu, que es la historia.

Esta espiritualización del tiempo se halla en el origen de todos los excesos idealistas; explica la unidad de la multiplicidad móvil que constituye la sucesión de instantes, suprimiendo la multiplicidad. Y esto no es una explicación.

Si se renuncia a encontrar el fundamento de la unidad temporal fuera del objeto, habrá que investigar el movimiento mismo. Los antiguos lo buscaron en el Agua, la Tierra, el Aire y el Fuego. Más cercano a nosotros, Bergson lo encuentra en la duración: la duración es la esencia misma de lo que es; lo que dura es lo que persiste en el ser; es el ser mismo del cambio, la sustancia de la realidad, la realidad originaria. Pero, para Bergson, la duración es creadora; al identificarla con la existencia encuentra en el tiempo el principio explicativo y único que engendra toda realidad.

El principio del cambio es igualmente cambiante. No se puede negar la sutileza de esta solución, pero por muy seductora que sea, no logra evitar la contradicción: para ligar la sucesión de instantes como un todo continuo, sería necesario un instante único -sin principio ni fin- que durase, que coexistiese con toda la sucesión temporal en un sujeto intemporal exterior a la multiplicidad. Lo que precisamente está excluido de la hipótesis desde el momento en que se afirma que todo lo que existe es cambiante, es decir, temporal.

Por tanto, no se puede encontrar, por el lado del objeto, el fundamento de la unidad temporal; y tampoco por el del sujeto. ¿Qué es entonces aquello que une y hace un todo de lo que el tiempo divide? El que introduce la sucesión en el tiempo no es el sujeto, porque, según esta hipótesis, ¿cómo explicar este antes y este después que constituyen la vida y la muerte? Hay que admitir la realidad extramental de la sucesión y de un principio de unión entre los instantes que no radique ni en el sujeto ni en el objeto. Porque, por una parte, la sucesión existe independientemente del alma y, por otra, depende de la inteligencia, que le numera según el antes o el después. Inmanente y trascendente a la vez, el tiempo no es ni un concepto ni una intuición. Sería más exacto definirlo como un «existente» que comporta una exigencia de trascendencia. Hay que ir más allá del sujeto y del objeto para elevarse desde el plano en el que todo cambia sin ser nunca, al plano de lo que es siempre y no cambia nunca. Reflexionar sobre el tiempo exige considerar la eternidad.

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Re: El tiempo y la eternidad

Mensaje por GUTIERREZ-2016054673 el Vie Jul 01, 2016 5:58 am

El problema del tiempo y su relación con la eternidad ha inquietado la mente y el corazón de los hombres a lo largo de toda la historia y se han dado múltiples respuestas en el intento de resolverlo. San Agustín aborda esta cuestión desde una perspectiva múltiple. Desde una perspectiva esencialista siente el tiempo como una tragedia, pues en él no hay descanso ni estabilidad posible.

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Re: El tiempo y la eternidad

Mensaje por Aadriana Tarqui el Vie Jul 01, 2016 6:16 am

Desde nuestra dimensión, vemos la vida completa —el nacimiento y la muerte de lo material— a medida que sube por la espiral cósmica hasta su próxima manifestación. No podemos prever o entender nuestras propias realidades dimensionales más elevadas, pues ésa es la naturaleza de la travesía; no obstante, sí percibimos vuestro mundo y existencia física como un Ser, una totalidad, cuyas unidades individuales de conciencia (al igual que las células de vuestro cuerpo) viven como materia durante un período específico de vida y, al morir, finalmente se transmutan en niveles de conciencia menos densos y más elevados.

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Re: El tiempo y la eternidad

Mensaje por 2016054654 el Vie Jul 01, 2016 6:42 am

El tiempo, como vosotros lo experimentáis en los límites de la realidad tridimensional, es un marco completamente artificial. Es decir, vuestra percepción del tiempo se basa en la construcción lineal de un pasado ambiguo, de un presente evasivo e indefinible y de un futuro de resultados previstos que, con frecuencia, os hacen sentir ansiosos e inseguros de la vida.
En verdad, gran parte de vuestras dificultades nace de vuestras concepciones erróneas del tiempo, especialmente en estos momentos, a finales del milenio. Estáis empezando a tratar de ser plenamente conscientes del momento presente, de vivirlo, pero a la mayor parte de vosotros os falta mucho para entender que es el único que existe. Esto es comprensible, pues la experiencia del no-tiempo pertenece a un reino más elevado que trasciende vuestras capacidades actuales, aunque sí la experimentáis cuando os escapáis del mundo sensorial en vuestros estados de sueño y viajes fuera del cuerpo.
Por este motivo es indispensable para vuestra evolución espiritual que exploréis el material de vuestros sueños, que meditéis y desarrolléis la capacidad de proyectaros al mundo astral. Allí residen las mejores oportunidades para liberaros de vuestras limitaciones y dejaros llevar por la exquisita libertad de la conciencia sin tiempo y el movimiento sin cuerpo.
Visto desde las octavas más altas, lo que vosotros percibís como pasado, presente y futuro es coexistente y simultáneo. Esto es incomprensible desde el punto de vista tridimensional, porque vuestra historia —la conciencia misma de vuestra raza— ha evolucionado en el contexto de un modelo de tiempo lineal. No obstante, si podéis reconocer el no-tiempo de la realidad multidimensional (aunque sea sólo intelectualmente), os podéis liberar de pesadillas pasadas o recuerdos de tiempos mejores, así como también de invenciones futuristas, tales como la inminente perdición apocalíptica.
En el redescubrimiento de vuestro yo de luz, empezáis a integrar el concepto de la conciencia del alma que se crea y recrea a sí misma en el cuerpo, concepto que actualmente procesáis a través de hipótesis sobre el pasado y el futuro que percibís como reales, de acontecimientos temibles y fantásticos que creéis que han hecho de vuestra vida lo que es, o de sucesos que han de vivirse «algún día», en un tiempo nebuloso que se halla siempre justo fuera de vuestro alcance.
Paradójicamente, la ilusión de pasado-presente-futuro es tan verosímil, aparentemente tan tangible, que resulta inimaginable que el tiempo pueda existir en cualquier otro contexto. Dado que vuestra vida está organizada en ese plano, habéis necesitado de la seudo-estructura del tiempo en una línea, pues como raza os ha encaminado en la dirección de los vientos de cambio, tanto hacia delante como hacia atrás en vuestra proyección del pasado y la memoria de vuestro futuro. Y nadie va a convenceros de que un mañana con una salida del sol, una primera taza de café, la oficina y la miríada de actividades de la rutina cotidiana son simples productos de la imaginación; no obstante, nos permitimos enfatizar que sí lo son.
No existe nada más que el momento. Esa es la realidad y la experiencia, momentos dentro de momentos que se imprimen para siempre en la matriz de la Mente Eterna.

2016054654

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Re: El tiempo y la eternidad

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